lunes, 6 de noviembre de 2017

NO TENGO ORO NI PLATA, MAS LO QUE TENGO TE LO DOY.

Velen, pues, porque no saben en qué día va a venir su Señor. Mateo 24, 42.

 

NO TENGO ORO NI PLATA, MAS LO QUE TENGO TE LO DOY.

(De Cartas a mi Hijo)

 

Querido hijo:

 

Lentamente se aproxima el tiempo en que debo emprender el camino que no tiene regreso, no puedo llevarte conmigo, y te dejo en un mundo en que los buenos consejos no salen sobrando.

 

Nadie es sabio de nacimiento, aquí el tiempo y la experiencia enseñan y limpian la conciencia. Yo he observado el mundo más tiempo que tú. Querido hijo, no todo lo que brilla es oro. He visto caer algunas estrellas del cielo, y quebrarse muchos bastones en los que uno confiaba para poderse sostener.

 

Por eso quiero darte algunos consejos, y decirte lo que yo encontré y lo que el tiempo me ha enseñado:

 

Nadie es grande si no es bueno, y nada es verídico si no perdura. No te dejes engañar por la idea de que puedes aconsejarte solo, y que conoces el camino por ti mismo; este mundo material es para el hombre demasiado poco, y el mundo invisible no lo percibe, no lo conoce; ahórrate pues, esfuerzos vanos; no te aflijas, y ten conciencia de ti mismo.

 

Considérate demasiado bueno para obrar mal; no entregues tu corazón a cosas perecederas. La verdad, hijo querido, no es gobernada por nosotros, sino que nosotros debemos ajustarnos a ella.

 

Ve lo que puedas ver, y para ello usa tus propios ojos; y con respecto a lo invisible y eterno, atente a la palabra de Dios.

 

Mantente fiel a la religión de tus padres, y huye de los merolicos teólogos. No desconfíes de nadie tanto como de ti mismo; dentro de nosotros vive el juez que no engaña, y cuya voz es más importante para nosotros, que el aplauso de todo el mundo, y la sabiduría de los griegos y egipcios.

 

Hazte el propósito, hijo, de no actuar contra su voz. Y si algo piensas o intentas hacer, póntelo primero en la mente, y pídele consejo a tu juez interno; al principio él hablaré únicamente en forma muy suave, balbuceando, como una criatura inocente; sin embargo, si honras su inocencia, soltará su lengua, y te hablará en forma más perceptible.

 

Aprende con gusto de los demás, y escucha con atención donde se hable de sabiduría, dicha humana, luz, libertad, virtud; pero no confíes inmediatamente en todo; porque no todas las nubes llevan agua, y existen diversos caminos para seguir.

 

Hay quienes creen que dominan una materia porque hablan de ella, pero no es así, hijo mío; no se tienen las cosas por poder hablar de ellas; palabras, sólo son palabras; ten cuidado cuando fluyan en forma demasiado hábil y ligera, pues los caballos cuyos carros están cargados de mercadería, avanzan con pasos más lentos.

 

Nada esperes del trajín, ni de los trajinantes, y pásate de largo donde haya escándalo callejero. Si alguien quiere enseñarte sabiduría, mírale la cara, si lo ves enorgullecido, déjalo, y no hagas caso de sus enseñanzas, por más famoso que sea; lo que uno no tiene,  no lo puede dar.

 

Y no es libre aquél que puede hacer lo que quiere, sino que es libre aquél que puede hacer lo que debe hacer; y no es sabio el que cree que sabe, sino aquél que se percató de su ignorancia, y logró sobreponerse a la vanidad.

 

Piensa con frecuencia en cosas sagradas, y ten la seguridad de que ello te traerá ventajas, y así serás como la levadura que fermenta la masa del pan.

 

No desprecies religión alguna, puesto que están consagradas al espíritu, y tú no sabes lo que pudiera estar oculto bajo apariencias insignificantes; desdeñar algo es fácil, hijo, pero es mucho mejor comprenderlo.

 

No instruyas a otros, hasta que tú seas instruido. Acógete a la verdad, si puedes, y gustosamente permite que te odien a causa de ella; sabe sin embargo, que si tus cosas no son cosas de verdad, cuida de no confundirlas, puesto que de ser así vendrán sobre ti las consecuencias.

 

Simplemente haz el bien, y no te preguntes por lo que de ello resulte. Quiere sólo una cosa, y ésa quiérela de corazón. Cuida de tu cuerpo, pero no de tal manera como si fuera tu alma. Obedece a la autoridad, y deja que otros la discutan.

 

Sé recto con todo el mundo, pero no te confíes fácilmente. Sé correcto con cualquier persona, pero confíate difícilmente. No te mezcles en asuntos ajenos, y los tuyos arréglalos con diligencia:

 

No adules a persona alguna, y no te dejes adular. Honra a cada quien según su rango, y deja que se avergüence si no lo merece; no quedes debiéndole a persona alguna, pero sé afable como si todos fueran tus acreedores. No quieras ser siempre generoso, pero procura ser siempre justo.

 

A nadie debes sacar canas; sin embargo, cuando obres con justicia, no te preocupes por ellas: Desconfía de la gesticulación, y procura que tus modales sean sencillos y correctos.

 

Y si tienes algo, ayuda y da con gusto, y no por ello te creas superior, y si nada tienes, ten a mano un vaso de agua fresca, y no por ello te creas menos.

 

No lastimes a doncella alguna, y piensa que tu madre también lo fue. No digas todo lo que sabes, pero siempre debes saber lo que dices.

 

No te apoyes en algún grande; no te sientes donde se sientan los burlones, porque ellos son los más miserables de todas las criaturas.

 

Respeta, y sigue a los hombres piadosos, mas no a los "santurrones"; el hombre que tiene en su corazón verdadero temor a Dios, es como el sol, que brilla y calienta, aunque no hable.

 

Haz lo que merezca recompensa, pero no pretendas obtenerla. Si tienes necesidades, quéjate ante ti mismo, y ante nadie más.

 

Cuando yo muera, ciérrame los ojos, y no me llores.

 

Ayuda y honra a tu madre mientras viva, y entiérrala junto a mí.

 

No tengo oro ni plata, mas lo que tengo te lo doy.

 

Que Dios y María Santísima te bendigan.   Mary y Jaime.

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